jueves, 21 de abril de 2016

LA PÉRDIDA

Las semanas tras la beta positiva siguieron pasando, leeeentas, muy lentas, pero pasando.
Dos semanas después comprobaron que había saco, y por tanto, seguía perfecto. Una semana más tarde, latía! Eso sí que fue emocionante.
Llegado a este punto, con 7 semanas de embarazo, mi doctora nos dio en alta el fertilidad. Además, nos dijo que el porcentaje de sufrir un aborto ahora ya se había reducido mucho, habiendo latido y medidas correctas, así que nos dejaba volar solos.
En ese momento entendí a muchas de las chicas que, aunque han deseando ciegamente salir de la clínica de fertilidad de una vez, les da miedo caminar solas. Si por mí hubiese sido habría seguido con mi Doctora todo el embarazo, porque es genial, porque me inspira una confianza ciega, y porque ella sabía lo que habíamos pasado, y la verdad es que me daba mucha pereza ir al ginecólogo a explicarle toda la aventura. Pero había que hacerlo.
A las 8 semanas tuve visita con el ginecólogo, me examinó, me programó la analítica del primer trimestre (qué fuerte!) y sí que es verdad que me dijo algo que me dejó un pelín preocupada. Al tomar las medidas del embrión me dijo que las medidas correspondían a un embrión de 7+3, cuando y estaba embarazada de 8+2. Eso me dejó extrañada. Me dijo que siempre se corrige un poco la fecha del embarazo, pero el mío había sido por fiv, sabíamos exactamente cuándo habían sido fecundado el embrión, y era de día +4 cuando me lo trasfirieron. No sé, no me quedé tranquila, así que mi ginecólogo me dijo que, para mi tranquilidad, nos veríamos la semana próxima otra vez, para comprobar que todo seguía bien.
Aquel día dormí inquieta, no descansé, y al despertarme tenía una fiebre en la boca, como de haber pasado mala noche. En la consulta del doctor supe que mi chico se había parado, que no había seguido evolucionando. Tuve un aborto a las 9 semanas de embarazo.
Lo que siguió os lo podéis imaginar. Llanto, legrado, llanto, tristeza, llanto, recuperación, descanso, y superación.
Y es así, todo se supera, y todo, absolutamente todo, deja cicatriz. Volví a caminar, claro, pero de alguna manera, cojeaba.
Tras este palo, volvimos a la clínica. Y entonces fue cuando hablamos de ovodonación. Mis óvulos no eran buenos, y era más que probable que ese fuese el motivo por el que, pese a implantarse, el embrión no había podido evolucionar.
No os voy a decir que sea fácil la decisión, porque mentiría, pero tras el primer fiv fuimos conscientes que había algo en los óvulos, y también fuimos conscientes que no queríamos torturarnos toda la vida por eso. Al final la decisión es fácil: si necesitase un trasplante de corazón para seguir viviendo lo haría sin dudarlo, aceptaría un donante. En este caso igual.
Así que, los dos, tranquilos y seguros de lo que hacíamos, tomamos la decisión más importante de nuestras vidas.  
 
 
 
 
 
 
 
 
 

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